miércoles, 16 de julio de 2008

La Fiesta del Campo

Martes 15 de julio de 2008. Ubicación: Monumento a los Españoles, Palermo, Buenos Aires.
Llegamos a las 12:30, condiciones meteorológicas inmejorables. 26 grados en un invierno insólito, loco. Pensar que un año atrás exactamente salíamos de una nevada. Pero tenía que ser así, con solcito. Hace 60 años, habrían dicho que era un "día peronista".
Llegamos al corralito de prensa, y la verdad, me hubiera encantado estar al otro lado de la valla, no en el escenario, sino con la multitud que se empezaba a congregar.
En su gran mayoría gente de campo, detectable facilmente de los citadinos, no solo por su indumentaria, sino por sus gestos joviales y ampulosos. Es lógico. Los porteños vivimos en espacios reducidos en su gran mayoría, y estamos acostumbrados al hacinamiento en los transportes, en las veredas del centro y en los bancos. Tal vez por eso, el acto tuvo reiteradas interrupciones por desmayos, todo sumado al calor atípico y la baja presión. En eso...ventaja porteña, tenemos más aguante.
A medida que fueron apareciendo los dirigentes y los referentes pólíticos, los periodistas se agolpaban para hacer su trabajo. Claro, yo tenía que hacer el mío, como fotógrafa a cargo en este evento.
Un periodista de Entre Ríos me decía decepcionado que cada vez que intentaba acercarse al personaje, lo empujaban violentamente y lo dejaban afuera. El pobre hombre, -a la sazón como yo, de pequeña estatura- no está acostumbrado a los modales selváticos, entonces le revelé mi treta para lograrlo, aunque me costó un camarazo que mi cabeza dura olvidó rápidamente.
Luego de la actuación de poetas y folkloristas, el animador anunció que los dirigentes subirían al escenario a emprender con el cometido.
Alfredo, completamente adorado. Fernando Gioino, acaso el más callado y sensible; lloraba. Luciano Miguens, el más atildado y prolijo. Eduardo Buzzi, llano y firme, ni tan campechano como Alfredo, ni tan distinguido como Luciano. Pero Mario Llambías...pegó con una dureza celebrada, en su discurso robó los pensamientos y las palabras que tantos miles de personas hubieran querido decir, pero no tenían micrófono. Fue sin duda el discurso más terminante, definitorio, sin atenuantes ni diplomacias.
Biolcatti, que no fue orador, habló con su mirada y su sonrisa permanente y constante durante todo el mensaje de Alfredo, como diciendo: Lo quiero así como es. Asi es como debe ser.
Y eso que Alfredo llegó al lugar completamente enojado. La policía bonaerense estaba impidiendo la llegada de una multitud de camiones en la Panamericana. Después todo se aclaró, y Alfredo volvió a sonreir.
Encontramos un rincón debajo del escenario, justo al lado de "El Atilio", el mellizo de Alfredo y del cura que impartió su bendición y con el que rezamos la Oración por la Patria; y por eso la perspectiva de las fotos.
Ahi empecé a pensar que me había equivocado en querer estar del otro lado del vallado, y que el rinconcito era donde me encontraba felizmente situada, como un regalito del destino; con un cuarto de millón de personas por detrás de mí, y con este momento visual histórico, a escaso metro por delante, y que finalmente, por nada del mundo habría cambiado.